Los
esperaba la hermana de Marisol en un carro viejo, con el asiento trasero lleno de bolsas del mandado.
Esa noche cenaron sopa de fideo, tortillas calientes y agua de limón.
No hubo alberca.
No hubo cuarto gigante.
No hubo viajes.
Pero tampoco hubo gritos.
Nadie amenazó a nadie.
Nadie hizo sentir pequeña a Marisol.
Nadie obligó a los niños a escoger entre el miedo y el amor.
Meses después, Ricardo perdió socios cuando el escándalo salió a la luz. La gente que antes lo saludaba con reverencias empezó a