económicos.
Entonces le hice una pregunta:
—Si Daniela hubiera aceptado vender su automóvil para ayudarte, ¿le habrías explicado cuánto debías y por qué?
Mi esposa guardó silencio.
—No querías ayuda —continué—. Querías quitarle algo sin darle oportunidad de decidir.
Patricia bajó la mirada.
Le pregunté por qué había falsificado la firma.
Confesó que había copiado una muestra de unos documentos universitarios que Daniela guardaba en su habitación.
Óscar había aceptado aparecer como testigo porque también necesitaba que la venta se concretara.
—Sabíamos que no era correcto —murmuró—, pero estábamos desesperados.