Me levanté.
—Estar desesperado no convierte una mentira en un derecho.
Patricia comenzó a suplicarme.
Dijo que llevaba veintidós años conmigo, que habíamos criado juntos a nuestra hija, que no podíamos destruir nuestro matrimonio por una discusión.
Pero yo no podía dejar de pensar en aquella grabación.
—¿Sabes qué es lo peor? —le pregunté—. No es el préstamo. Ni siquiera es que me hayas mentido durante meses. Es que viste a Daniela tirada en el suelo y pensaste primero en conseguir dinero.
Patricia empezó a llorar con más fuerza.
—Tenía