estaba en el hospital?
—Patricia me lo contó anoche.
—¿Y no se te ocurrió preguntarme cómo estaba?
No respondió.
Por primera vez comprendí que el problema era más grande que la desesperación de Patricia.
Dos adultos habían decidido que resolver sus propias deudas era más importante que respetar los derechos de una muchacha de veinte años.
Y cuando las cosas salieron mal, ninguno se preocupó por asumir su responsabilidad.
Esa misma tarde llamé al lote de seminuevos para informar que la propietaria no había autorizado ninguna venta y que existían