documentos cuestionados. Me confirmaron que no continuarían con la operación.
También guardé la grabación original y las copias de los documentos.
No quería actuar únicamente desde la rabia.
Quería proteger a mi hija.
Al día siguiente regresé al hospital.
Daniela estaba sentada en la cama, tomando un poco de agua.
Cuando me vio entrar, intentó sonreír.
—¿Hablaste con mamá?
Me senté a su lado.
—Sí.
—¿Te creyó?
Aquella pregunta me dolió más que cualquier grito.
—Daniela, no era ella quien tenía que creerte. Era yo quien debía escucharte desde el