de fallecimiento.
Elena apretó las sábanas.
—¿Cómo sabes que fue él?
—Porque dejó su nombre, su teléfono y una copia del poder notarial.
El silencio llenó la habitación.
Pero todavía faltaba algo.
Adriana colocó sobre la mesa un tercer documento.
—Y esto es lo más importante.
Era una solicitud de cambio de beneficiario.
Elena la reconoció inmediatamente.
—Yo nunca firmé esto.
—Lo sé.
Adriana había ampliado una copia de la firma.
—Parece tu firma a simple vista. Pero hay diferencias.
Elena tomó los lentes.
Durante treinta y seis años había