La hija de la empleada miró el retrato del hijo desaparecido y reveló un secreto imposible tras diez años

años prácticamente abandonado.

Subió a la terraza.

La veleta blanca seguía allí.

Girando lentamente.

—Emiliano…

Abrió la puerta.

—¡Emiliano!

Nada.

Recorrió la planta baja.

Muebles cubiertos.

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Polvo.

Silencio.

Pensó que había llegado demasiado tarde.

Entonces subió.

La puerta del antiguo dormitorio de su hijo estaba entreabierta.

Alejandro la empujó.

Había alguien sentado sobre la cama.

Un adolescente delgado, con ropa gastada y el cabello oscuro demasiado largo.

Miraba por la ventana.

Miraba el pájaro blanco.