Cuando escuchó a Alejandro, saltó de pie y agarró un trozo de madera.
—¡Fuera!
Alejandro levantó las manos.
—No quiero hacerte daño.
—Todo el mundo dice eso.
La voz del joven temblaba.
Alejandro apenas podía respirar.
Aquellos ojos.
Los ojos de Elena.
—Esta habitación era de mi hijo.
El muchacho dudó.
—¿Tu hijo?
—Se llamaba Emiliano.
La madera bajó unos centímetros.
—¿Qué dijiste?
—Emiliano.
Alejandro dio un pequeño paso.
—Tenía un perro café. Un labrador llamado Bruno.
La madera cayó al suelo.
—Bruno…
Alejandro comenzó a llorar.
—Perseguía aves en