había escuchado mi propia muerte celebrándose.
Me quedé mirando el vidrio.
Lucía se acercó.
—¿Quieres quedarte con la casa?
Negué.
—No.
—¿Segura?
—Completamente.
La vendimos.
El dinero fue a una fundación que apoyaba a mujeres que necesitaban representación legal para salir de relaciones violentas.
No puse mi nombre.
No necesitaba hacerlo.
Un año después del accidente, conduje nuevamente por la carretera México–Toluca.
Era de día.
No llovía.
Cuando llegué cerca del punto donde la camioneta había caído, reduje la velocidad.
Me estacioné en un lugar seguro y bajé.
El barranco