El silencio fue tan pesado que hasta el ruido del tránsito parecía lejano.
Sergio bajó la cabeza.
—Mariana, yo estaba asustado. No pensé que fueran capaces de hacerlo.
—Escuchaste que hablaban de convertir mi vida en un accidente.
—Creí que solo estaban hablando por coraje.
—Y aun así decidiste protegerte tú.
Ofelia comenzó a llorar.
—Sergio, no permitas que esta mujer separe a la familia.
Él la miró, pero ya era tarde para cualquier gesto de valentía.
Sonó el timbre.
La abogada Teresa entró acompañada por dos testigos. Llevaba una