cocina de Coyoacán. La lluvia golpeaba suavemente las ventanas. Era el mismo sonido que había acompañado la peor noche de mi vida, pero ya no me daba miedo.
Mi hija sonrió.
—Mamá, aquí la lluvia suena diferente.
—¿Cómo suena?
—Como si la casa nos cuidara.
Después de acostarla, bajé a la librería y encendí una lámpara junto al retrato de mi padre.
—Tenías razón, papá —susurré—. No era la pobreza lo que debía temer. Era vivir con un hombre que nunca eligiera protegernos.
Durante años creí que ser una buena