El día que mi suegra quiso obligarme a entregar mi casa como regalo de boda, se subió al balcón y gritó: “Si caigo, todos sabrán que tú me empujaste”. Mi esposo volvió a callar; yo solo abrí la carta de mi padre y revelé un secreto de dieciocho millones que nadie esperaba encontrar.

Su familia exige que tenga vivienda propia. Por eso este departamento se pondrá a su nombre.

Creí que era una broma. La propiedad valía más de seis millones de pesos y todavía la estábamos pagando.

—Aquí vive Camila —respondí—. No es un regalo de bodas.

Ofelia sonrió con desprecio.

—Camila es niña. Algún día se irá con su marido. Iván es quien llevará el apellido.

Miré a Sergio.

—Diles que no.

Él bajó los ojos.

—Podríamos vender y comprar dos lugares más pequeños. Uno para nosotros y otro para mi