de morir me había dejado una casa antigua en Coyoacán, con una librería en la planta baja. La herencia estaba únicamente a mi nombre y rentada a una pareja que me depositaba cuarenta y ocho mil pesos mensuales. Mi padre la llamó “la salida para cuando ya no puedas respirar”.
Nunca se lo conté completo a Sergio porque deseaba creer que jamás necesitaría escapar.
A la mañana siguiente instalé cámaras en la sala, la cocina, la entrada y el balcón. No puse ninguna en recámaras ni baños. También guardé estados