una agencia del Ministerio Público, en Coyoacán. Alejandro les dijo que yo lo ataqué.
Sentí que las piernas me fallaban.
Mi madre, Elena Morales, tenía setenta y un años. Vivía sola desde que mi padre había fallecido. Todavía cuidaba su pequeño jardín, pagaba sus propias cuentas y se negaba a depender de nadie.
Y Alejandro Salazar, mi esposo desde hacía quince años, era aparentemente todo lo contrario a un hombre capaz de hacer algo así.
Era el vecino amable que ayudaba a cargar las bolsas del