Mientras los paramédicos se la llevaban en una camilla, el comandante Hernández me condujo hasta su oficina y abrió el reporte.
Alejandro había declarado que mi madre lo atacó con un atizador de chimenea.
Según él, únicamente había utilizado el bat para defenderse.
Levanté lentamente la mirada.
—Comandante, ¿usted ha estado alguna vez en casa de mi madre?
—No.
—No tiene chimenea.
El hombre guardó silencio.
—La casa tiene calefacción eléctrica. Nunca ha existido un atizador ahí.
Su expresión cambió