Mi suegro llegó con regalos para los niños y encontró a su nuera trabajando de noche después de que su hijo la dejara sin casa. Su exesposa estaba sentada en la cocina cuando él dijo: “Mañana vendrá y explicará todo”. Yo permanecí en silencio, abrí una escritura con fecha falsa y esperé la llamada que podía destruir su carrera.

Elena Beltrán pronunció esas palabras en el pasillo de un departamento rentado en Tonalá, con dos bolsas de comida y un pastel todavía entre las manos. Había viajado desde Aguascalientes para sorprender a sus nietos, sin avisarle a nadie. La sorprendida terminó siendo ella.

Verónica Salgado tardó unos segundos en responder. Detrás de su suegra había paredes con pintura descarapelada, una estufa que fallaba y una repisa donde sólo se veían los tenis de Diego, las zapatillas pequeñas de Sofía y sus propios zapatos.

—Mauricio no vive aquí —dijo al