Elena Beltrán pronunció esas palabras en el pasillo de un departamento rentado en Tonalá, con dos bolsas de comida y un pastel todavía entre las manos. Había viajado desde Aguascalientes para sorprender a sus nietos, sin avisarle a nadie. La sorprendida terminó siendo ella.
Verónica Salgado tardó unos segundos en responder. Detrás de su suegra había paredes con pintura descarapelada, una estufa que fallaba y una repisa donde sólo se veían los tenis de Diego, las zapatillas pequeñas de Sofía y sus propios zapatos.
—Mauricio no vive aquí —dijo al