la historia de su hijo. Le correspondía a él decirles la verdad.
A las once de la noche volvieron a tocar. Era Raúl Beltrán, suegro de Verónica, ingeniero militar retirado. También había llegado de sorpresa.
Cuando escuchó todo, no levantó la voz. Revisó a sus nietos dormidos, pidió ver los documentos y llamó a Mauricio.
—Mañana, a las diez, vas a estar aquí.
—Papá, puedo explicarte…
—Mañana. A las diez.
Raúl colgó y colocó el teléfono sobre la mesa. Verónica vio cómo Elena apretaba los labios y comprendió que, por