hicieron exactamente lo mismo. Y, como si lo hubieran ensayado durante meses, los quince perros de búsqueda bajaron lentamente sus grandes cabezas entre las patas delanteras: la reverencia más profunda y respetuosa que estos animales pueden mostrar a un ser humano.
Solo en ese momento el público estalló en vítores imparables. Los padres lloraban desconsoladamente y saltaban de sus asientos.
Mateo bajó corriendo las escaleras de madera y se lanzó sollozando al pelaje suave y cálido de Bruno. El subjefe se arrodilló junto a él y, a escondidas, le prendió