—¿De verdad volvió? —susurró.
Alejandro estaba sentado en el suelo, todavía con la ropa manchada de barro del bosque. Tenía los ojos rojos de cansancio, pero no se movió. Lucía estaba de rodillas junto al sofá, con una manta entre las manos.
Bruno, como si entendiera cada palabra, levantó despacio la cabeza.
Mateo parpadeó, confundido.
Durante unos segundos no recordó dónde estaba. Luego vio la alfombra del salón, la lámpara encendida, los zapatos embarrados de Alejandro junto a la puerta y la insignia plateada en su puño cerrado.
Entonces lo