recordó todo.
El escenario.
Las sillas vacías.
Las risas.
Las puertas abriéndose.
Los quince perros entrando en silencio.
Y Bruno sentado en primera fila, como si el mundo entero hubiera ido allí solo para decirle que no estaba solo.
Mateo bajó la mirada.
—Yo pensé que no ibais a venir —dijo muy bajito.
Alejandro tragó saliva. No intentó defenderse. No buscó una frase bonita para arreglarlo deprisa.
Se sentó frente a él en la alfombra, a la altura de sus ojos.
—Lo sé —respondió—. Y siento que hayas tenido que