El Niño Que Leyó Solo Hasta Que Su Manada Abrió Las Puertas

sentir eso.

Mateo no lloró enseguida. Eso fue lo que más dolió.

Se quedó quieto, con la cara seria, como esos niños que han aprendido demasiado pronto a no esperar nada de nadie.

Lucía se llevó una mano a la boca.

—No quería que pensaras que eras menos importante —dijo Alejandro—. Nunca. Ni por un segundo.

Mateo miró la insignia.

—Pero te fuiste.

Aquellas tres palabras llenaron toda la habitación.

Alejandro cerró los ojos un instante.

—Sí. Me fui. Porque otro niño estaba perdido y necesitaba ayuda. Pero no te