El Niño Que Leyó Solo Hasta Que Su Manada Abrió Las Puertas

dejé solo. No como antes te dejaron solo otras personas. Esta vez mandé a nuestra gente. A nuestra manada.

Mateo apretó los labios.

Bruno se levantó con esfuerzo, cojeando, y caminó hasta él. Apoyó su hocico gris sobre las rodillas del niño.

Mateo hundió una mano en su pelaje.

—Yo no sabía que era vuestra manada —murmuró.

Alejandro sonrió con tristeza.

—Lo eres desde el día en que entraste por esa puerta con esa mochila azul y fingiste que no te importaba nada.

Mateo bajó la cabeza.

—Sí me importaba.