El Niño Que Leyó Solo Hasta Que Su Manada Abrió Las Puertas

—Lo sé.

—Pero si me importaba mucho, luego dolía más.

Lucía no pudo contener las lágrimas. Se sentó al otro lado de Mateo y le acarició el pelo con una suavidad enorme, como si tuviera miedo de romper algo.

—Aquí puedes decir que algo te importa —susurró—. Aquí no vamos a burlarnos de eso.

Mateo miró a los dos.

—¿Y si un día me tengo que ir?

La pregunta cayó como una piedra.

Durante meses, Alejandro y Lucía habían evitado prometer cosas que no dependían solo de ellos. Habían aprendido