El Niño Que Leyó Solo Hasta Que Su Manada Abrió Las Puertas

delante y abrazó a Alejandro con una fuerza desesperada. No fue un abrazo bonito ni tranquilo. Fue un abrazo torpe, lleno de miedo, rabia y alivio.

Alejandro lo sostuvo sin apartarse.

Lucía los rodeó a los dos con los brazos.

Bruno, indignado por quedarse fuera, metió la cabeza en medio y les empujó con el hocico.

Por primera vez en mucho tiempo, Mateo se rió llorando.

A la mañana siguiente, el colegio parecía otro lugar.

Cuando Mateo llegó, muchos niños se giraron hacia él. Antes, esas miradas le habrían hecho