querer esconderse detrás de Alejandro. Pero esa mañana llevaba la insignia plateada prendida en el suéter.
No la llevaba para presumir.
La llevaba porque le recordaba que, aunque las piernas le temblaran, alguien había cruzado una sala entera por él.
El director lo esperaba en la entrada del salón de actos.
Tenía el rostro serio, pero esta vez no parecía impaciente. Parecía avergonzado.
—Mateo —dijo—, ¿puedo hablar contigo un momento?
Mateo miró a Alejandro.
Alejandro no habló por él.
Solo asintió, como diciendo: “Estoy aquí.”
El director se agachó un