El Niño Que Leyó Solo Hasta Que Su Manada Abrió Las Puertas

salió ningún sonido.

Durante años, había oído muchas frases parecidas. “Aquí estarás bien.” “Solo será un tiempo.” “Portándote bien, todo irá mejor.” Frases que sonaban cálidas al principio y luego desaparecían como el vapor de una taza caliente.

Pero aquella noche era distinta.

Porque Alejandro no le pedía que sonriera.

Lucía no le pedía que fuera valiente.

Y Bruno no le pedía nada.

Solo estaban allí.

Esperando.

Mateo miró al viejo perro.

—¿Bruno también?

Alejandro soltó una risa rota.

—Bruno fue el primero en decidirlo.

Entonces Mateo se inclinó hacia