El Niño Que Leyó Solo Hasta Que Su Manada Abrió Las Puertas

poco para no mirarlo desde arriba.

—Ayer fuiste muy valiente —dijo—. Y yo no lo fui tanto.

Mateo frunció el ceño.

—Usted no tenía que leer.

—No. Pero tenía que cuidar de que nadie se riera de un alumno en mi escenario. Y no lo hice a tiempo.

Mateo se quedó callado.

El director tragó saliva.

—Lo siento.

No fue un discurso largo. No hubo excusas. Solo dos palabras limpias.

A veces los niños no necesitan que los adultos sean perfectos.

Necesitan que sepan reconocer cuando han fallado.

Aquella misma