mañana, la profesora de Mateo pidió a la clase que guardara los cuadernos. No habló de castigos ni señaló a nadie con el dedo.
Solo escribió una frase en la pizarra.
“Una verdadera manada no abandona a los suyos.”
Luego se giró hacia los niños.
—Ayer escuchamos una lectura —dijo—. Hoy vamos a entenderla.
Hubo silencio.
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Uno de los niños que se había reído el día anterior levantó la mano. Se llamaba Sergio y casi nunca pedía la palabra.
—Yo me reí —dijo, mirando la