vez, entendió algo que nadie le había explicado bien.
No era el único que tenía miedo.
Solo era uno de los pocos a los que se les notaba.
A la hora del recreo, nadie le pidió que leyera otra vez. Nadie le llamó héroe. Y eso le gustó.
Sergio se acercó con una pelota debajo del brazo.
—¿Quieres jugar?
Mateo dudó.
Miró hacia la puerta del patio, donde Alejandro hablaba con una profesora antes de marcharse.
Alejandro no levantó el pulgar ni hizo gestos exagerados.
Solo sonrió.
Mateo miró a