Sergio.
—Vale —dijo.
Y corrió.
Esa tarde, cuando volvió a casa, encontró a Bruno dormido en su manta, profundamente agotado por la gran misión del día anterior.
Mateo se sentó a su lado con el libro de los lobos.
—Te lo leo otra vez —le dijo—. Pero si me equivoco, no pongas esa cara.
Bruno abrió un ojo.
Mateo empezó.
Las letras seguían moviéndose. Algunas palabras seguían partiéndose en lugares raros. La dislexia no había desaparecido porque quince perros entraran en un auditorio.
Pero algo sí había cambiado.
Ya no