El Niño Que Leyó Solo Hasta Que Su Manada Abrió Las Puertas

leía para demostrar que merecía quedarse.

Leía porque estaba en casa.

Una semana después, la unidad canina organizó una pequeña comida en el patio de entrenamiento. No había cámaras ni discursos importantes. Solo mesas plegables, tortillas, empanadas, pan, refrescos y perros tumbados a la sombra de los bancos.

Mateo llegó de la mano de Lucía, con su mochila azul colgada de un hombro.

Al verlo, los rescatistas empezaron a llevarse una mano al corazón, uno por uno.

Mateo se puso rojo.

—Otra vez no —murmuró.

Alejandro se rió.

—Me temo