El Niño Que Leyó Solo Hasta Que Su Manada Abrió Las Puertas

Y entendió la cara de Lucía.

Y entendió que Alejandro estaba llorando sin esconderse.

Bruno, que no entendía papeles pero sí entendía emociones, empezó a dar vueltas alrededor de todos, cojeando y resoplando.

Mateo no gritó.

No saltó.

Solo se sentó en el suelo de la cocina.

Como si las piernas no pudieran sostener tanto alivio.

—Entonces… ¿no tengo que hacer la maleta?

Lucía se arrodilló delante de él.

—No.

Mateo miró hacia el armario del pasillo, donde guardaba la mochila azul.

Aquella mochila había sido su casa durante demasiados