El Niño Que Leyó Solo Hasta Que Su Manada Abrió Las Puertas

años. Había llevado calcetines, dibujos doblados, libros prestados y despedidas que nadie explicó bien.

Esa noche, después de cenar, Mateo la sacó.

Alejandro y Lucía no preguntaron nada.

El niño abrió la cremallera y empezó a vaciarla sobre la alfombra.

Una camiseta.

Un estuche viejo.

Un cochecito rojo sin una rueda.

Tres hojas arrugadas.

Y, al fondo, una foto pequeña de Bruno que Alejandro le había dado el primer mes.

Mateo miró cada cosa con cuidado.

Luego metió dentro solo el pañuelo naranja y la insignia plateada.

—¿Por qué guardas