El Niño Que Leyó Solo Hasta Que Su Manada Abrió Las Puertas

eso ahí? —preguntó Lucía suavemente.

Mateo cerró la mochila.

—Porque ya no es para irme —dijo—. Es para recordar quién vino a buscarme.

Alejandro se cubrió la boca con la mano.

Bruno apoyó la cabeza sobre la mochila, como si también fuera suya.

El verano llegó despacio.

En el colegio, la profesora propuso crear un rincón de lectura tranquila. No era obligatorio leer en voz alta. No había notas. No había risas permitidas. Solo cojines, libros fáciles, libros difíciles y tiempo.

El primer día, Mateo llevó a Bruno.

El viejo