El Niño Que Leyó Solo Hasta Que Su Manada Abrió Las Puertas

había cumplido su vida de servicio.

Ahora tenía otra misión.

Escuchar a niños que temblaban.

Aceptar lecturas torcidas.

Dormirse en medio de cuentos repetidos.

Y recordarles, con su respiración tranquila, que equivocarse no era el final del mundo.

El día de fin de curso, el salón de actos volvió a llenarse.

Esta vez no había tres sillas vacías en la primera fila.

Había tres sillas ocupadas.

Lucía, con un pañuelo en la mano.

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Alejandro, sentado muy recto, como si estuviera en una ceremonia importante.

Y