El Niño Que Leyó Solo Hasta Que Su Manada Abrió Las Puertas

Se quedó callado un segundo más de la cuenta.

Pero nadie se movió.

Nadie se rió.

Y Mateo no huyó.

Siguió.

Leyó sobre un niño que pensaba que las puertas siempre se cerraban detrás de él. Sobre una mochila azul. Sobre una silla vacía. Sobre un perro viejo que escuchaba mejor que muchas personas.

Y al final leyó una frase que no estaba en el texto original de los lobos.

La había escrito él, con letra grande, para no perderse.

—A veces una familia no llega toda de golpe —leyó—.