A veces entra primero un perro, luego quince desconocidos con chaquetas naranjas, y después descubres que tu casa llevaba tiempo esperándote.
El silencio fue profundo.
Pero esta vez no era un silencio doloroso.
Era un silencio lleno.
Bruno golpeó la cola contra el suelo.
Una vez.
Dos veces.
Tres veces.
Y entonces todo el salón se puso en pie.
No hubo gritos al principio.
Solo manos en el corazón.
Primero Alejandro.
Luego Lucía.
Después la profesora.
Luego los niños.
Y, poco a poco, todo el auditorio.
Mateo miró aquella sala