estaba en su contra. Pero, a pesar de todas las dificultades, nunca dejó de confiar en Dios.
Cada vez que veía a sus hijos dormir, se acercaba a sus camas, les acariciaba suavemente el cabello y susurraba:
—Señor, ellos son el regalo más hermoso que me has dado. Protégelos cuando yo no pueda estar a su lado. Guía sus pasos, ilumina sus caminos y no permitas que ninguna maldad destruya los sueños que has puesto en sus corazones.
Con el paso del tiempo, aquella madre comenzó a escuchar palabras que