nunca envió un paquete. Él no lo necesitaba. Esta aquí.
Una tarde de agosto, cuando los tilos olían igual que entonces, tomé el frasco de ungüento de su mano y le dije que se quedara. Me senté en el escalón, puse sus pies en mi regazo y engrasé esas rodillas hinchadas con piel estirada y brillante. Sus manos permanecían inmóviles sobre el vestido, con los dedos engrosados a la altura de las muñecas.
Yo también los tomé. Los sostuve en mis palmas, primero uno, luego el otro.
Mi madre miró