que la protectora le quitara a su querido perro si se enteraban de que ya no podía hacerse cargo física ni económicamente de él.
—Así que me puse a preguntar
con discreción por el barrio —continuó—. Averigüé cómo se llamaba su hijo, que adoraba a Bruno con locura y que siempre había vivido preocupado por su madre.
Juntó todos esos pequeños detalles y montó la historia más increíble del mundo.
—Si en el fondo de su corazón ella cree que el dinero viene de su niño, lo acepta. Sin vergüenza.