había avisado de forma anónima de que una anciana del vecindario estaba pasando hambre solo para poder pagar el carísimo pienso especial para el perro de su hijo fallecido.
—Le dejamos vales de comida y cestas de la compra de forma anónima en la puerta —me explicó con la mirada triste—. Pero lo devolvió todo sin abrir. Todo. Tenía demasiado orgullo. Esta generación de abuelos es así, no aceptan limosnas de nadie. Prefería morirse de hambre a mostrar debilidad.
Pero lo peor de todo era otra cosa. Estaba aterrada de