a su lado como si llevara del brazo a un abuelo.
Pero aquel día no pasaron.
Miré el reloj una vez.
Luego otra.
A las cinco y veinte, empecé a
preocuparme.
A las cinco y media, ya tenía un nudo en el estómago.
Me dije que no era asunto mío.
Que quizá Rafa tenía trabajo.
Que quizá Bruno estaba cansado.
Que quizá Doña Carmen había salido más tarde.
Pero cuando una rutina se convierte en algo que te sostiene por dentro, su ausencia se nota como una silla vacía en