una mesa familiar.
Al día siguiente tampoco pasaron.
Y al tercero, Doña Carmen entró sola en el supermercado.
La vi aparecer por la puerta automática con su abrigo gris, su bolso antiguo y ese andar pequeñito, como si cada paso le costara pedir permiso al suelo.
No llevaba a Bruno.
No llevaba lista de la compra.
Solo traía un sobre blanco apretado contra el pecho.
Se acercó a mi caja sin coger cesta.
—Hija —me dijo en voz baja—, ¿ha venido Rafa?
Sentí que se me helaba la sonrisa.
—No,