susurró, apartando el pan y la lombarda con los ojos llenos de lágrimas—. Me llevo solo el pienso de Bruno. Es lo único que me queda de mi difunto Carlos.
Como cajera, estaba a punto de sacar mi propio monedero para poner la diferencia. Un viernes a última hora en el súper del barrio no dejas que nadie se vaya
a casa a pasar hambre.
De repente, aquel hombre inmenso salió de la fila.
Se llamaba Rafa. Medía casi dos metros, llevaba una chupa de cuero pesada, llena de tachuelas,