comino.
Le hice una señal a mi compañera para que abriera otra caja.
Doña Carmen siguió hablando.
—Y entonces llegó ese hombre, con esa pinta de asustar a medio barrio, y me dijo que mi hijo todavía cuidaba de mí. Que no me había dejado sola. Que se había acordado de Bruno. Que se había acordado de su madre.
Se le quebró la voz.
—Yo sabía que no era verdad. Pero también sabía que Carlos, si pudiera, habría enviado a alguien así.
Miré hacia la puerta.
Como si Rafa fuera