puerta automática se abrió.
Rafa entró.
Pero no era el Rafa de siempre.
No caminaba erguido.
No llevaba esa energía tranquila de quien sabe exactamente lo que tiene que hacer.
Tenía los hombros hundidos, la barba más descuidada y los ojos rojos.
Compró una botella de agua, como la otra vez.
La dejó en mi caja sin mirarme.
—No te
a aparecer justo en ese momento.
No apareció.
—¿Qué hay en el sobre? —pregunté con cuidado.
Doña Carmen lo dejó sobre la cinta.
—Una foto de Carlos con Bruno, cuando