y lo miró asustada.
Él se inclinó un poco y, con la voz más dulce que puedas imaginar, le dijo:
—Doña Carmen, me envía hoy su hijo.
Todo el supermercado
pareció contener la respiración. Hasta el molesto pitido de la caja de al lado dejó de importar.
—¿Mi… mi Carlos? —tartamudeó, incrédula, como si le fuesen a fallar las piernas—. Pero si él falleció hace dos años.
Rafa asintió despacio, aguantando aquella mirada frágil.
—Lo sé. Éramos los mejores amigos. Poco antes de marcharse, me hizo jurar que cuidaría de