La Mentira Más Bonita del Hombre Tatuado que Salvó a una Anciana

paseo de tres kilómetros.

Una cena de jueves.

Una cesta anónima junto a la puerta.

Y un perro viejo moviendo la cola como si todavía creyera que el mundo puede ser bueno.

Quizá por eso sigo trabajando en la misma caja.

Porque cada vez que oigo el pitido del lector, cada vez que veo unas manos temblando sobre un monedero, recuerdo a Doña Carmen.

Recuerdo a Rafa.

Recuerdo a Bruno.

Y me digo que, mientras exista alguien dispuesto a cuidar sin hacer ruido, este mundo todavía no está perdido.