en su chaqueta. Él la sostuvo con delicadeza, como si fuera de cristal, acariciándole la espalda hasta que los sollozos se fueron calmando.
—Voy a llevarle el saco de pienso hasta su casa —dijo él, en un tono bajo pero firme—. Y a partir de hoy vendré todos los días. Recogeré a Bruno y me lo llevaré a dar su paseo de tres kilómetros. Sus piernas tienen que descansar desde ya.
Poco después, a través del gran ventanal de la tienda, vi cómo aquel armario empotrado se arrodillaba en el