Parte 2: La Promesa de Meñique

quien tú elijas.

Lo

miré.

—Eso es lo más amable que alguien puede decirme.

—Lo aprendí tarde.

Asentí.

Luego me fui a casa.

No como una princesa rescatada por un niño ni como una mujer salvada por un hombre temido.

Me fui como Aurora.

Una mujer que había sobrevivido a quienes quisieron ponerle precio, que había aprendido a pedir ayuda sin entregarse a cambio y que, gracias a una promesa de meñique hecha entre sacos de harina, recordó algo esencial:

proteger a alguien no significa poseerlo.

Significa devolverle la posibilidad